El iter asambleario en una cooperativa: mucho más que una formalidad

A lo largo de mi experiencia acompañando cooperativas de trabajo, he aprendido que uno de los procesos más importantes —y a veces menos comprendidos— es el iter asambleario.

Lejos de ser un mero requisito legal, la asamblea es el corazón de la vida cooperativa. Es el espacio donde la democracia deja de ser un concepto y se convierte en práctica concreta.

Cuando hablo de “iter asambleario”, me refiero a todo el recorrido que implica una asamblea: desde su convocatoria hasta la ejecución de las decisiones que allí se toman. Y cada etapa tiene un sentido profundo.

Todo comienza con la convocatoria, que no es solo un acto formal. Es el primer gesto de transparencia. Convocar correctamente implica garantizar que todos los asociados tengan la posibilidad real de participar, informarse y decidir.

Luego viene el momento de la deliberación. Aquí es donde la cooperativa se pone a prueba. No siempre es fácil: hay intereses distintos, miradas diversas, tensiones propias de cualquier organización. Pero justamente ahí radica la riqueza del modelo. La asamblea permite construir consensos o, en su defecto, tomar decisiones respetando la regla fundamental: un asociado, un voto.

El tercer momento es la toma de decisiones, que debe quedar claramente reflejada en el acta. Este documento no es un trámite burocrático; es la memoria institucional de la cooperativa. Allí se registra no solo lo que se decidió, sino también cómo se llegó a esa decisión.

Finalmente, el iter asambleario se completa con la ejecución de lo resuelto. Y aquí aparece uno de los mayores desafíos: sostener en la práctica lo que se definió colectivamente. Porque una asamblea no transforma por sí sola; transforma cuando sus decisiones se llevan adelante con compromiso.

He visto cooperativas fortalecerse enormemente cuando logran apropiarse de este proceso. Y también he visto dificultades cuando la asamblea se vacía de contenido, se vuelve rutinaria o se percibe como una carga.

Por eso, siempre insisto en lo mismo: la asamblea no es un obstáculo en la gestión, es una herramienta de gestión. Es el espacio donde se construye legitimidad, donde se ordena la vida institucional y donde cada asociado ejerce su rol de protagonista.

En un contexto donde muchas formas de trabajo tienden a concentrar decisiones, las cooperativas tienen el enorme valor de sostener espacios democráticos reales.

Y el iter asambleario es, sin dudas, uno de sus pilares fundamentales.

Dra. Marcela Macellari